Y ahí estaba esperándome la punta de flecha en cuyas lúbricidades se embriaga la castidad de mi lanceta.
Relatos, poemas e imágenes eróticos del teclado de Francisco José Rodríguez Puente González.
lunes, 15 de febrero de 2010
Sentada
"Ven aquí", dijo, con sus redondas alas de ángel.
"Toma una mordida de esta fruta colorada que mañana será muy tarde"
Se sentó en mi rostro y devoré hasta el último bocado de su honestidad.
miércoles, 10 de febrero de 2010
CLAIRE DE LUNE
Los dos se abrazan. Hace frío. El sudor se desliza por la curvatura de sus espaldas. Él la mira a los ojos, desenredándole con los dedos los rizos de su cabello. Ella cierra los ojos y en sus párpados mil años de ternura juegan a las escondidas. Sus pies entrelazados, dándose el calor que las sabanas y cobijas no pueden. El atemorizante ruido de la calle que nunca pareciera suspenderse hace vibrar las ventanas. La luz del alumbrado público dibuja una silueta amorfa en la pared contraria.

El pegajoso destilado de amor escurre entre sus piernas. Ella se levanta primero, ya es hora. Sus pies tocan el frío suelo y casi al mismo tiempo las dulces notas del "Claire de Lune" de Debussy emergen triunfantes del viejo toca discos que perteneciera a su abuelo. Los crujidos y siseos de la empolvada aguja parecieran respetar y entregarse a la melodía del maestro. Ella se estremece, quizá por el frío suelo color café claro, quizá por la majestuosidad de las notas que flotan en el aire. Ella de pie, la gloria de sus cuarenta años se desliza por el lugar y en su sinuoso lenguaje invita a las más cordiales noches de licor y sábanas.

Él, con vigor recuperado, se levanta también. Impide que se vuelva a vestir. El asta bandera le da sus más altos honores. Todavía no es hora.

El pegajoso destilado de amor escurre entre sus piernas. Ella se levanta primero, ya es hora. Sus pies tocan el frío suelo y casi al mismo tiempo las dulces notas del "Claire de Lune" de Debussy emergen triunfantes del viejo toca discos que perteneciera a su abuelo. Los crujidos y siseos de la empolvada aguja parecieran respetar y entregarse a la melodía del maestro. Ella se estremece, quizá por el frío suelo color café claro, quizá por la majestuosidad de las notas que flotan en el aire. Ella de pie, la gloria de sus cuarenta años se desliza por el lugar y en su sinuoso lenguaje invita a las más cordiales noches de licor y sábanas.

Él, con vigor recuperado, se levanta también. Impide que se vuelva a vestir. El asta bandera le da sus más altos honores. Todavía no es hora.
lunes, 1 de febrero de 2010
Y luego vino la luna
Abuela noctámbula, sonámbula, libélula incrédula que ovula y deambula los límites del pecho.
Sol que nace al este
Árbol de cristal,
Ala de misericordia,
Arca de vida,
Caramelo de sabores infinitos,
Cobija de amorosos terminados,
Corona angelical de matices cárnicos,
Bestia sonámbula,
Báculo del eterno matriarcado,
Borrón
y cuenta nueva.
KALIMBA
La veo caminar, el torso desnudo, sus pequeños senos mirándome de frente, su piel pálida por el frío, su cabello negro y esponjoso más allá del hombro. Se detiene frente al loveseat blanco donde la espero sentado. Ella me toma por la nuca y me acerca a su vientre donde repaso las orillas del ombligo con mi lengua. Nos conocimos hace tiempo y hace tiempo se firmó, sin nuestro consentimiento, un convenio tortuoso de "laissez faire, laissez passer" en el que el "laissez passer" nunca ocurrió. Mis labios húmedos se abren paso por las dunas del desierto que ahora habitan. Recorro las rugosas aureolas de sus pezones erectos con la lengua, un suspiro sibilante es mi recompensa. Apreso sus nalgas con las manos como un águila a un distraído conejo, certeramente, fuertemente, sin dejar espacio para dudas. Ella abraza mi cabeza temblando, por un momento es dulce, como una madre alimentando a su hijo, pero también pornográfico, penetrando mi boca con sus pechos. Ella se sienta sobre mi, las piernas abiertas, mis manos sin soltar la presa, sus mamas erguidas aun dentro de mis fauces. Bajo ella, entre mis piernas, el as de picas se asoma y en su rígida faz carmesí la garantía de todos los placeres atrasados destella. Nos besamos finalmente, por primera vez desnudos, por primera vez bañados en los jugos del amor, todo lo que estorbaba yace ya en el suelo. La penetro y nuestras respiraciones encuentran fácilmente el ritmo de las percusiones africanas. Más tarde, cuando los latidos de mi corazón la han entregado al sueño, descubro que su sexo es una Kalimba y mi privilegio hacerla sonar.
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