lunes, 1 de febrero de 2010

KALIMBA

La veo caminar, el torso desnudo, sus pequeños senos mirándome de frente, su piel pálida por el frío, su cabello negro y esponjoso más allá del hombro. Se detiene frente al loveseat blanco donde la espero sentado. Ella me toma por la nuca y me acerca a su vientre donde repaso las orillas del ombligo con mi lengua. Nos conocimos hace tiempo y hace tiempo se firmó, sin nuestro consentimiento, un convenio tortuoso de "laissez faire, laissez passer" en el que el "laissez passer" nunca ocurrió. Mis labios húmedos se abren paso por las dunas del desierto que ahora habitan. Recorro las rugosas aureolas de sus pezones erectos con la lengua, un suspiro sibilante es mi recompensa. Apreso sus nalgas con las manos como un águila a un distraído conejo, certeramente, fuertemente, sin dejar espacio para dudas. Ella abraza mi cabeza temblando, por un momento es dulce, como una madre alimentando a su hijo, pero también pornográfico, penetrando mi boca con sus pechos. Ella se sienta sobre mi, las piernas abiertas, mis manos sin soltar la presa, sus mamas erguidas aun dentro de mis fauces. Bajo ella, entre mis piernas, el as de picas se asoma y en su rígida faz carmesí la garantía de todos los placeres atrasados destella. Nos besamos finalmente, por primera vez desnudos, por primera vez bañados en los jugos del amor, todo lo que estorbaba yace ya en el suelo. La penetro y nuestras respiraciones encuentran fácilmente el ritmo de las percusiones africanas. Más tarde, cuando los latidos de mi corazón la han entregado al sueño, descubro que su sexo es una Kalimba y mi privilegio hacerla sonar.

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