Y entró al cuarto. Érica lo esperaba desnuda, sentada en el piso, viendo por una rendija de las cortinas blancas hacia la calle. Sus muslos goteaban el caldo del medio día. Se quitó la chamarra que por algún absurdo había insistido en traer bajo el ardiente sol. El sudor le había encharcado la camiseta blanca que, sabía muy bien, sería amarilla al día siguiente.
La miró detenidamente por largos segundos. Aunque afuera el escándalo de la ciudad era ensordecedor para ellos no se escuchaba nada más que las entrecortadas respiraciónes.
- Te esperé, dijo finalmente, te esperé muchos años.
Érica se incorporó, las piernas se le habían pegado al piso y le había quedado enrojecida esa area de la piel.
- No he hecho el amor con otra mujer porque sabía que tendríamos nuestra despedida. Dijo al tiempo que se levantaba también.
Se acercó con paso temeroso. El bulto en sus pantalones funcionaba a manera de brújula, guiándo sus pasos rumbo al altar de la carne. Extendió los brazos y tocó sus hombros desnudos y ella tomó sus manos también.
- ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo?
Ella abrió la boca y antes de besarlo le susurró al oido:
- Porque hoy nadie más contestó mis llamadas.
1 comentario:
Me latió harto esta última entrada. Es de las mejores. El final es excelente!
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