Momentos después, la chica salió del cuarto completamente desnuda y aunque sus pechos ya comenzaban a apuntar más al suelo que al cielo, seguía siendo una mujer imponente. Se detuvo frente al espejo, ahora con una distorcionada mueca de alivio en el rostro. De sus pechos goteaba todavía el zumo del pecado original.
- ¿Te viniste?
Connie, aunque generalmente toleraba los comentarios vulgares de su amante, no soportaba que le preguntara eso. Lo miró friamente por un instante y regresó su atención a la superficie de azogue que la enfrentaba.

- Sé que te viniste porque siempre que terminas pones esa cara de estreñida. Con lo dificil que es encontrar los orgasmos, deberías estarme agradecida. No cualquiera se dedica tanto como yo a tu satisfacción.
La mujer escuchó todo esto en silencio. Poco a poco la mueca se desdibujó de su rostro y todo volvió a la normalidad. Hector odiaba que su mujer, tan fiera durante el coito, se transformara en una remilgosa vieja provinciana, con el chal negro cubriéndole la cabeza y un largo rosario pendiendo de su mano, como si se tratara de una caricatura al más puro estilo de Rius y Los Agachados.
Connie respiró profundamente y se vistió. Salió del cuarto veloz pretextando un antojo repentino de roles glaseados. Hector entró al baño y empezó a orinar descuidadamente, si no lo hacía poco después del acto sexual solía presentar ardores y molestias durante todo el dia. Se lavó las manos y descubrió que el gabinete de las medicinas estaba mal cerrado. Lo abrió y llamó su atención un frasquito vacío de perfume. Alargado y redondo, el simbolismo fálico no escapó a su ingenio. Lo tomó con curiosidad. Un penetrante y familiar olor despertó en él la mágia de la magdalena de Proust.
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