viernes, 22 de enero de 2010

Contrapunto

Cae el agua de la regadera. Una nube de vapor inunda el lugar y yo disfruto del candoroso baile de sus caderas. El cálido aliento del agua recorre su cuello, su espalda y termina perdiéndose entre sus nalgas argentinas. Entra al agua. Su cabello se torna más oscuro con la humedad, los rizos íntimos de afrodita dibujan imprácticos senderos para el agua que chorrea casi sin gracia por entre sus piernas. Ella me invita con la mirada y no puedo más que aceptar. La regadera queda a sus espaldas, sus pechos a la altura de mi pecho. Enredo mis dedos en su cabello y tiro con fuerza, su cuello está des protegido, lo beso. Ella entierra sus uñas en mis nalgas. Deja que el agua caiga sobre su rostro. Enhiesta, la pluma de mis más grandes versos acaricia su pubis. Se desliza, como sólo nosotros sabemos hacerlo, en medio del canal del amor. Los pliegues venusinos la reciben con un beso de musgo y vapores almizclados. Aferrados a nuestras nalgas, empezamos el contrapuntado baile de Apolo y Artemisa. Resbala la tinta que se lleva el agua, esta vez, la boca desdentada de Eros no será traspasada.

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